Opinión | Ximo Meseguer: «La cerámica en la cultura de la inmediatez: competir desde el valor»
Artículo de Ximo Meseguer Sorribes, Product Manager en Cristacer, publicado en Vigilancer, la plataforma de inteligencia competitiva de la Diputación de Castellón y el Instituto de Tecnología Cerámica (ITC)
Ximo Meseguer (Cristacer).
El Periódico del Azulejo
24 julio 2026 10:41
CASTELLÓ. Durante años, la cerámica ha ocupado una posición indiscutible dentro del mundo de la arquitectura y el interiorismo. No solo como solución funcional, sino como un lenguaje propio capaz de adaptarse a contextos técnicos, estéticos y culturales muy diversos. Su resistencia, su durabilidad y su versatilidad la han consolidado como uno de los materiales más fiables del sector. Pero a día de hoy, hay señales que nos indican que el escenario está cambiando.
No de forma rápida ni con una disrupción evidente, sino a través de una transformación más silenciosa, casi lateral, que está reconfigurando determinadas decisiones de proyecto.
No estamos ante la aparición de un material superior a la cerámica en términos técnicos, sino ante la consolidación de alternativas que compiten desde otro lugar: la facilidad, la rapidez y la simplicidad. Ahí es donde empieza realmente el desafío.
Los nuevos sistemas —paneles vinílicos, soluciones SPC, revestimientos ligeros, piedra flexible, pavimentos sintéticos...— no pretenden sustituir a la cerámica en todos sus usos. No pueden hacerlo. La cerámica sigue siendo insustituible en exteriores, en espacios de alto tránsito o en aplicaciones donde la exigencia técnica es máxima. Su comportamiento en condiciones extremas continúa siendo una ventaja difícilmente replicable. Pero no es ahí donde están entrando.
El terreno en disputa es otro: el de los usos más cotidianos, más repetitivos, más vinculados a la reforma o a la ejecución rápida: Pavimentos interiores, revestimientos de baño, promociones residenciales o proyectos contract donde el tiempo y la eficiencia operativa pesan tanto como el resultado final.
En ese contexto, la ventaja de estos materiales no reside en su rendimiento técnico, sino en algo mucho más determinante hoy en día: la simplificación del proceso.
Permiten intervenir sin obra o con un impacto mínimo. Y, en muchos casos, ofrecen resultados estéticos suficientemente aceptables como para que el usuario final perciba que el equilibrio entre coste, rapidez y resultado es favorable.
Ese es el punto crítico: “La comparación deja de ser material contra material, y pasa a ser sistema contra sistema“.
Ante este escenario, la reacción más inmediata podría ser pensar en precio. Ajustar costes, competir en segmentos más sensibles, intentar recuperar terreno desde la variable económica. Sin embargo, esta lectura resulta incompleta, e incluso peligrosa a medio plazo.
El verdadero problema no está en el precio del producto, sino en el coste total de la solución. Y en ese coste, la instalación juega un papel decisivo. La cerámica no solo es un material; es también un proceso. Requiere tiempo, conocimiento técnico, mano de obra cualificada y una ejecución precisa.
Competir exclusivamente en precio implica entrar en una dinámica de erosión de valor que no responde a la lógica actual del mercado. Mientras tanto, los sistemas alternativos continúan avanzando desde la eficiencia, no desde el abaratamiento.
Y, sin embargo, sería un error interpretar esta situación como una debilidad estructural de la cerámica. Es más bien todo lo contrario.
La cerámica sigue siendo, objetivamente, uno de los materiales más avanzados del sector. Su resistencia, su estabilidad y su durabilidad siguen marcando una diferencia clara. Su capacidad estética —especialmente en el contexto actual, donde el diseño ha alcanzado niveles de sofisticación extraordinarios— continúa siendo un activo diferencial.
El problema no es lo que es la cerámica. El problema es cómo se está posicionando.
Durante mucho tiempo, el sector ha confiado en las propiedades intrínsecas del material como principal argumento de venta. Pero en un mercado donde la decisión está cada vez más condicionada por la experiencia global —desde la instalación hasta el uso—, eso ya no es suficiente.
Lo que está en juego no es solo el producto, sino la propuesta completa. Si el cliente —ya sea un particular, un promotor o un prescriptor— tiene que asumir un mayor coste, más tiempo de ejecución y una mayor complejidad, necesita una razón clara para hacerlo. Y esa razón no puede limitarse a la ficha técnica.
Debe ser una combinación de factores: diseño, diferenciación, percepción de calidad, valor a largo plazo.
En definitiva, una propuesta que justifique la elección más allá de lo racional inmediato.
Esto obliga al sector a replantearse algunas cuestiones de fondo.
Por un lado, la importancia de reforzar el valor percibido del producto y conseguir transmitir la idea de que es un elemento construido de forma consciente, apoyándonos de un buen diseño, de la innovación, de la narrativa y de la conexión con el usuario final. No como una consecuencia automática de sus propiedades, sino como un elemento construido de forma consciente: a través del diseño, de la innovación, de la narrativa y de la conexión con el usuario final.
Por otro, la necesidad de trabajar en la reducción de la fricción asociada a la instalación. No necesariamente replicando los sistemas alternativos, pero sí explorando nuevas formas de industrialización, de simplificación de procesos o de desarrollo de soluciones más integradas.
Y, finalmente, la capacidad de segmentar con mayor precisión. No todos los mercados están en riesgo, ni todos los usos deben abordarse con la misma estrategia. Hay territorios donde la cerámica sigue siendo incuestionable, y otros donde la competencia es cada vez más intensa.
Es posible que algunos usos tradicionales de la cerámica pierdan volumen en los próximos años. Pero eso no implica necesariamente una pérdida de relevancia. Puede ser, de hecho, una oportunidad para evolucionar hacia un modelo menos basado en el volumen y más orientado al valor.
Un modelo donde la cerámica no compita por ser la opción más fácil o rápida, sino por ser la más sólida, la más fiable, la más deseable. Porque, en última instancia, la decisión del usuario no es únicamente técnica ni económica. Es también cultural, estética y emocional. Y ahí es donde la cerámica todavía tiene mucho que decir.