El nuevo esplendor del Palacio de los Duques de Osuna, la joya de la Ilustración madrileña que reabrirá sus puertas
Con su fase de restauración arquitectónica ya terminada, ahora afronta el desarrollo de su proyecto museográfico
La fachada del Palacio de los Duques de Osuna, ya restaurada, que se asoma al Parque del Capricho. / AYUNTAMIENTO DE MADRID
Jacobo de Arce
09 enero 2026 09:01
MADRID. La última vez que el Palacio de los Duques de Osuna se mostró al mundo con un relativo esplendor fue en 1973. Aquel año, Richard Lester, conocido por dirigir las películas de los Beatles, presentó su versión de Los tres mosqueteros con Michael York, Raquel Welch o Charlton Heston en su reparto. Algunas de sus escenas habían sido rodadas en esta edificación del siglo XVIII que preside el Parque del Capricho, el espectacular jardín monumental situado en la Alameda de Osuna, a las afueras de Madrid. La fachada que se asoma al parque, en realidad la principal del palacio, había sido pintada para la ocasión de amarillo, y las barandillas de su doble escalinata, de negro.
Aquellos, sin embargo, no eran los colores originales, y la operación cosmética no sacó al palacio de la larga decadencia que ya arrastraba por entonces, como tampoco lo hizo que pasase a manos del Ayuntamiento de Madrid un año después. Hubo algún intento de reforma parcial, vinieron otros rodajes en su entorno, pero el abandono siguió siendo la nota principal en un enclave que fue uno de los focos culturales y políticos del Madridilustrado. Hasta ahora.
»Hace tres años que tomamos el toro por los cuernos y nos pusimos en serio», explica Justo Benito, arquitecto de Madrid Destino, sobre la restauración que él ha comandado y que acaba de finalizar. El amarillo que pintó el equipo de Lester fue repintado de blanco hace años. Ahora, en cambio, esa fachada luce en terracota, «un color mucho más parecido al original». Se han recuperado los medallones que están sobre las puertas, y las barandillas son de nuevo blancas.
La fase de rehabilitación arquitectónica se considera terminada, incluyendo partes que llegaron a estar muy degradadas y en ruina, con techos hundidos y zonas que se habían perdido. Ahora lo que falta es su contenido: el proyecto museográfico que debería reflejar la historia del palacio, del Madridde su época y de un personaje como María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel, la aristócrata promotora de aquel proyecto, mecenas de Goya y una figura muy destacada de la corte de Carlos III.
La fachada del palacio vista desde la Fuente de los Delfines del Parque del Capricho. / AYUNTAMIENTO DE MADRID
Sin crear falsos históricos
La filosofía para llevar a cabo las obras ha consistido en distinguir muy claramente la parte histórica que se podía reconstruir de aquel proyecto arquitectónico, en el que la propia duquesa tuvo un papel muy destacado, de aquella en la que había quedado borrado el pasado. Donde había elementos que recuperar, se han restaurado con todo detalle, y las partes en las que apenas quedaba huella tienen ahora un planteamiento más actual. «No queríamos crear un falso histórico, llenar de molduras espacios en los que no sabíamos lo que había. Así que esa dualidad es la que vamos a ver dentro», señala Benito durante una visita al palacio con un reducido grupo de periodistas.
Picando en la citada fachada han salido a relucir, además de algunos tonos originales que se han utilizado para la nueva pintura, relieves de la época que permanecían ocultos. Los medallones vuelven a mostrar con fidelidad las escenas de cuadrigas o de ninfas que se concibieron originalmente. En la parte trasera de un torreón apareció un reloj que también había quedado cubierto. Y las carpinterías de puertas y ventanas reproducen con la mayor exactitud posible las originales, pero con materiales y tecnologías actuales. El palacio muestra así su mejor cara frente a unos jardines que llegan hasta donde se pierde la vista, con su Fuente de los Delfines en primer término, el paseo que recorre el Jardín Francés a continuación y, a la derecha, el espectacular Templete de Baco vigilando desde una colina del parque.
Una vez dentro, en el piso superior, lo más espectacular son los dos gabinetes laterales, los que correspondían a la duquesa y su marido, el duque. Tienen forma ortogonal, frescos en el techo y trampantojos originales de hornacinas con grandes jarrones y juegos florales. Todos ellos han sido recuperados. En el de la duquesa hay un espectacular suelo de mármol y en el del duque de cerámica. Los dos tienen unas escaleras, casi escondidas, por las que se sube a los antiguos baños de las dependencias, aunque estos, en principio, no van a estar abiertos al público.
El gabinete de la Duquesa, con suelo de mármol, trampantojos en los muros y frescos en el techo. / AYUNTAMIENTO DE MADRID
Una de las estancias centrales es la conocida como Sala Goya. «La duquesa de Osuna tuvo una amistad con Goya que duró muchos años. Le encargó veintitantas obras», explica Justo Benito en un espacio que se abre al parque del Capricho. «Todo el edificio estaba al servicio de ese mundo de la duquesa, de sus encuentros culturales, y en estas salas es donde ella desarrollaba toda la actividad, mirando al jardín».
Goya pintó una serie de lienzos exprofeso para los muros de esa sala, algunos ciñéndose a las medidas que le ofrecían las paredes. «Aquí había siete cuadros: entre otros, Apartado de toros, Procesión de aldea... No eran bastidores colgados, sino que estaban adosados al muro con una maderita, de manera que funcionaban como ventanas. Así que esto era como una cápsula rodeada de ventanas que miraban a un paisaje imaginado, lírico, alucinante...». Hoy en día sus paredes permanecen desnudas, a la espera de que llegue el contenido del futuro museo, en muchos casos reproducciones de lo que hubo en su día.
Un patrimonio disperso
Casi todas las obras de arte, los muebles y los objetos decorativos que había en el palacio fueron saliendo de él a lo largo de la historia. El edificio y su jardín cambiaron de manos varias veces: la duquesa, que lo había mandado construir a principios de la década de 1780 contando con algunos de los mejores profesionales europeos y en el estilo neoclásico que mandaba en la época, lo dejó temporalmente cuando los franceses ocuparon España. Se instaló en la propiedad el general galo Augustin-Daniel Belliard, pero la duquesa, que se refugió en Cádiz durante esos años y fue una ardiente defensora de aquella primera constitución española que se firmó en la ciudad andaluza, regresó en 1815 y vivió en él hasta que murió en 1834.
Sus descendientes lo mantuvieron medio siglo más y después pasaron por él varios propietarios. La mala gestión y las deudas eran casi siempre la causa de que no pudieran seguir haciéndose cargo de la propiedad. Una gran subasta a finales del XIX hizo que casi todos los bienes que todavía contenía pasaran a manos de coleccionistas privados. Por eso, para el proyecto museístico va a ser difícil contar con objetos u obras que realmente estuvieran allí en su momento.
El comedor del palacio, con las baldosas cerámicas que reproducen, en el suelo, el mosaico de la batalla de Issos. / AYUNTAMIENTO DE MADRID
Poco rastro del pasado queda donde estuvieron en su días los cocinas y estancias de servicio, o en lo que hoy es un gran espacio diáfano que hará las veces de sala de eventos en un futuro. Pero sí que se ha podido recuperar buena parte de la gloria de su célebre comedor, situado en la parte baja de un lateral del edificio y pegado al jardín. Descendiendo por unas escaleras que preside la copia de un fauno de José Pagniucci que está en los Ufficci florentinos, se llega a esta sala rectangular que tiene como pavimento una reproducción en cerámica del mosaico de la Batalla de Issos, con Alejandro Magno combatiendo a caballo lanza en mano. Hallado el original en Pompeya, fue una obra muy apreciada en la Europa de la época, de la que se hicieron algunas copias en palacios como este.
Hoy en día, es una de las pocas que perdura, pero que vuelva a verse en perfectas condiciones no ha sido fácil. «Estaba directamente sobre el terreno, y con la humedad del jardín, se puede uno imaginar cómo se encontraba. Estaba disgregado y se ha restaurado pieza a pieza. Después se ha rehecho todo el suelo con una cámara ventilada y se ha vuelto a colocar en su sitio», relata Benito. En el comedor faltan todavía por colocar los cortinajes, los jarrones, los apliques o «dos superlámparas: una de ellas original, de 1.60 metros de altura», pero sí que están terminadas las pinturas decorativas de las paredes. En un lateral, la tribuna de los músicos luce impecable.
Al otro lado, más allá de la puerta del comedor, está la parte del jardín que no es visitable. Allí se encuentran el laberinto, la divertida fuente de las ranas y otra, esta semiescondida y esculpida en uno de los muros, que podría recordar a la célebre Boca de la verdad de Roma. En esa parte del jardín están las casetas de servicios donde se ha ubicado, alejada de la vista, toda la maquinaria que climatizará el palacio.
Justo en el otro flanco se encuentra el búnker construido durante la Guerra Civil. En 1937, el general Miaja instaló en el palacio al Estado Mayor del Ejército del Centro de las tropas republicanas, y concibió un refugio subterráneo para protegerse en caso de bombardeo. Este sí es visitable. Previsto para albergar a hasta 200 militares, con sus escaleras en ángulo recto para limitar los efectos de las posibles ondas expansivas, las puertas selladas con juntas para evitar el paso de gases y unos servicios (cocinas, baños) que ahora se presentan desangelados pero muy avanzados en su tiempo, tiene un aire siniestro que contrasta, abruptamente, con la atmósfera palaciega y alegre que se puede encontrar tan solo unos metros más arriba.