CASTELLÓ. La industria azulejera europea vuelve a sentirse abandonada por Bruselas en un momento especialmente delicado, cuando aún no ha terminado de digerir el impacto de las reformas en el mercado de derechos de emisión y ya se ve obligada a afrontar un nuevo frente derivado del acuerdo comercial entre la Unión Europea e India.
La sensación, ampliamente compartida en el sector, es que las instituciones comunitarias avanzan en grandes pactos geoestratégicos sin calibrar de forma suficiente sus efectos colaterales sobre industrias que no solo generan empleo y riqueza, sino que también sostienen buena parte del tejido social y productivo en comunidades enteras. El discurso oficial habla de oportunidades y de apertura de mercados, pero para la cerámica ese relato suena cada vez más ajeno a la realidad que vive en las fábricas y en los mercados internacionales.
El desequilibrio es evidente y los datos lo corroboran sin necesidad de sesudas interpretaciones. Mientras las exportaciones europeas de cerámica a India siguen siendo testimoniales, la entrada de producto indio en el mercado comunitario alcanza volúmenes que amenazan con desbordar cualquier capacidad de absorción si se eliminan los aranceles. Aquí no se trata de una competencia puntual, sino de un fenómeno estructural alimentado por una enorme capacidad productiva, costes energéticos reducidos, apoyo estatal a la exportación y estándares regulatorios extralaxos. En este contexto, resulta difícil entender cómo la Unión Europea puede plantear una liberalización comercial sin reforzar al mismo tiempo los mecanismos de defensa que ella misma consideró necesarios hace apenas tres años al imponer medidas antidumping al azulejo indio.
La paradoja se agrava si se tiene en cuenta que los fabricantes europeos, y especialmente los españoles e italianos, están sometidos a un marco normativo cada vez más exigente en materia medioambiental, laboral y energética, exigencias que forman parte del ADN del modelo europeo, pero que también suponen sobrecostes significativos. Defender esos valores mientras se facilita la entrada de productos que no los cumplen en igualdad de condiciones no solo genera una distorsión competitiva evidente, sino que erosiona la credibilidad del propio proyecto europeo. La falta de reciprocidad real convierte el libre comercio en una vía de sentido único, donde unos asumen obligaciones crecientes y otros se benefician de ellas sin contrapartidas equivalentes.
Por todo ello, la ausencia de cláusulas de salvaguarda específicas para una industria ya reconocida como estratégica como es la cerámica transmite la inquietante impresión de que este sector tan nuestro y tan importante para nuestra economía puede acabar siendo moneda de cambio en negociaciones de mayor calado político o económico. No se trata de rechazar el comercio internacional ni de levantar muros proteccionistas, sino de exigir coherencia, equilibrio y justicia en los acuerdos que se firman en nombre de todos.
Ya hemos señalado que garantizar condiciones de competencia en equidad no debe interpretarse como un privilegio, sino una necesidad para evitar que una industria clave quede relegada por decisiones que, lejos de fortalecerla, amenazan con debilitarla de forma irreversible. Y esta madre de todos los acuerdos, como así la presentan, solo crea desamparo a un sector que es pilar de nuestra economía.